
Rocié sobre mi cuello el perfume más caro que poseía, saqué del armario un elegante traje que poder ponerme y me dispuse a salir de casa feliz y sonriente. Ni yo mismo comprendía qué provocaba tal estado de ánimo en mí, o al menos no quería entenderlo.
Saludaba a todo aquel con el que me cruzaba, despertando miradas de asombro
e incluso cuchicheos. Y es que habitualmente, no solía mostrar a los demás el
lado extrovertido de mi personalidad.



